15 dic 2012

El trapío (por Gerardo Diego)







Cuando el barbas sale al coso
un aliento poderoso
calienta a todo el gentío.
Es la fuerza, el nervio, el brío,
la tragedia al descubierto
el sentido noble, abierto
que, con la boca aún cerrada
aguanta en pié la estocada
y respeto inspira muerto.

22 nov 2012

¿Qué es una verónica? (Por Gerardo Diego)



Verónicas gitanas

Lenta, olorosa, redonda
la flor de la maravilla
se abre cada vez mas honda
y se encierra en su semilla
como huele a abril y a mayo
ese barrido desmayo,
esa playa de desgana,
ese gozo, esa tristeza
esa rítmica pereza...
¡Campana del sur, campana!

3 mar 2012

Los toros y la tragedia griega.



Schopenauer consideraba a la tragedia griega como la mas elevada de las poesías porque en ella nos enfrentamos ante la existencia en toda su crudeza. En la tragedia el hombre se topa con las ideas en estado puro, nos eleva por encima de la voluntad, nos hace sentir la experiencia de lo sublime.
Esta nos proporciona, no solo consecuencias estéticas, sino también éticas; nos lleva a clarificar la futilidad de la existencia y a penetrar en lo vano de los deseos, en lo gratuito de las pasiones y en lo superfluo de la voluntad de vivir. Nietzsche ve en la tragedia una representación simbólica de la sabiduría dionisíaca por medios artísticos apolíneos. Sabiduría dionisiaca como exaltación de la vida, de la fuerza, de la voluntad, de los instintos, de las pasiones.

En el arte del toreo se nos representan en toda su crudeza las pasiones, sentimientos e instintos más básicos de la vida. 

En toda su crudeza porque aparecen enfrentados a la muerte. Aparece el miedo, el miedo del torero ante la muerte que en cada lance la esquiva; pero a la vez, baila con ella buscando y encontrando la belleza en estado puro.  Una belleza apolínea de trazos armónicos, de movimientos equilibrados, ordenados, proporcionados, suaves y delicados.

Esta belleza es concomitante a lo arrebatador, y a lo sublime de la muerte que en forma de pitón acaricia su muslo con la banda sonora del bufido del animal y el estremecer de su roce con el trapo.
En el toreo se da la máxima exaltación de la vida para el torero que se la juega en cada pase a la vez que mira de cara a la belleza en estado puro. En este juego el aficionado ve las pasiones en su máxima expresión: emoción, valor, admiración, etc.

Pero también máxima exaltación de la vida para el toro, el auténtico protagonista del espectáculo. El toro que para un aficionado representa los valores de la bravura, fuerza, nobleza, valor, sinceridad, poder. Un animal que se mima desde que nace, que se cuida hasta el mínimo detalle para que se desarrolle en plenitud, libre, con sus semejantes,en grandes espacios, que constituyen su hábitat natural para que, una vez desarrollado, pueda ante una situación límite, enfrentándose a su propia muerte, mostrar todas sus virtudes, toda su dignidad. Ver un buen toro en la plaza es sinónimo de sentimiento de admiración por el animal en cada uno de los aficionados. Cualquier otra muerte no sería digna de este, nuestro ídolo, EL TORO
(cuadros de Mario Pastor Cristobal)

8 feb 2012

Torero enteramente

Lukacs fue un filósofo que vivió a finales del siglo XIX. Un filósofo coherente y comprometido con sus ideas lo que le llevó a enfrentarse a gente poderosa,  ganarse demasiados enemigos  y como consecuencia no alcanzar el lugar que le correspondía en el mundo de la filosofía.
Una de sus obras más destacada se la dedica a la belleza y el arte son 4 tomos titulados "La estética" y entre otras muchas cosas comentaba lo siguiente:
El hombre, en su vida cotidiana, del día a día tiene su mente repartida en muchos temas: la familia, su trabajo, amigos, política, vida social, etc a esto Lukacs lo llama "hombre entero". Todo esto le desgasta, le dispersa.
Pero puede llegar un momento donde el hombre concentre su percepción y toda su atención en una sola actividad, que suspenda todas las finalidades prácticas, en ese instante el hombre se vincula 100% a ese quehacer, no hay preocupaciones, no existe nada más que su obra, a la cual está totalmente entregado.  Solo cuando se produce un momento mágico así puede surgir el arte. Es entonces cuando el "hombre entero" se convierte en"hombre enteramente"

Aplicando las tesis de Lukacs dentro del mundo del toro, el torero solo puede ser enteramente torero cuando en una faena llega un momento mágico donde todo lo externo se desvanece, en el ruedo solo está él con el toro, entra en una especie de trance, en su mente no hay nada más, abandonado, entregado a su arte, ya no existe ni su propio cuerpo porque todo fluye, se para el tiempo, entonces se es Torero enteramente

1 dic 2011

El miedo

Quien mejor para sentir lo que es el miedo que un torero. En este caso me quedo con una magnífica descripción de Silverio Perez, un extraordinario matador de los años 30 y 40 del siglo pasado. Toda una institución en su tierra dentro y fuera de los ruedos. 
El miedo, por Silverio Perez:


...Pero mejor quiero escribirte sobre algo que conozco mejor que nadie: sobre el miedo, compadre. Y en esta especialidad, ni modo que venga alguien a darme un baño.


Pues sí, compadre, tú escuchaste muchas veces, en las palabras de los amigos, que el trincherazo— el mismo de la canción de Agustín—, tenía en mis manos una interpretación trágica porque, aseguraban, los pitones se abrían paso por entre mis pestañas, y que la chicuelina equivalía a morir un poco yo y la afición también.


Y para qué te recuerdo lo que oíste de mis derechazos. Lances y muletazos me situaron siempre a un milímetro de los pitones en el comentario de mis partidarios que nunca admitieron que otro torero se arrimara más que yo.


Algo debe haber de verdad en eso, por más que yo no lo recuerdo muy bien, y si lo hice en la forma que aseguran fue un tanto inconscientemente. Porque nadie va al toro a buscar deliberadamente que las astas se lleven los alamares. Y de paso las carnes, las venas y hasta la vida. Para impedirlo está dentro de cada quien el miedo.


El miedo, compadre, que se experimenta de pronto, como ahogo que detiene el aire en los pulmones, como un gran cansancio que te impide el movimiento, como ansiedad por algo que no se conoce pero que se va acercando para maltratarte, como ganas de llorar sin motivo, de explicar a gritos cosas que se agitan cerca del corazón.


Yo empezaba a sentirlo inesperadamente, lo mismo en el patio de cuadrillas que en mi cama, la noche anterior a una corrida. Lo sentía llegar cuando menos pensaba en él, a veces en el burladero, a veces en la exacta mitad de una verónica. Llegaba en forma de escalofrío y me engarrotaba los músculos, como sudor viscoso que hacía resbalar el capote sobre mis manos, como dolor en los muslos y sabor de cloroformo en la boca.


No sabes compadre, lo que es tener, que ir al toro en esas condiciones, esperando que en cada lance te tropiecen los cuernos y la plaza empiece a girar llena de gritos. No te imaginas lo que es presentir el olor de la anestesia y sentir que por las piernas resbala la vida. Con decirte que se la oye gotear.


Yo nunca acepté mi miedo. Me daba coraje y entonces hacía mis cosas olvidándome de los fantasmas. Pero como te digo, de repente, llegaba aquello y entonces se terminaba mi voluntad. Me aplanaba, sencillamente.


En aquellas ocasiones conseguía dominarlo, sabiendo que no duraría mucho tiempo vencido y que poco a poco se iría imponiendo. Nunca tardaba el mismo tiempo y a veces me dejaba redondear una faena y otras ni siquiera el primer quite, de lo que tardara en apoderarse de mí dependían las orejas.


Yo quise entender esto y pensaba al principio que era porque tenía a mí “Negra”, después porque “Poncholín” venía en camino; luego porque sus otros hermanitos habían llegado; más tarde porque el ranchito empezaba a formarse y luego, quién sabe cuántas cosas, pero el caso es que siempre encontraba manera de justificarlo.


Impotente contra el miedo tuve que torear muchas tardes. Cómo luché por imponerme es cosa que solamente yo podría entender. Enfermo de espanto, salía a la plaza ya fuerza de voluntad conseguía los aplausos, con el sobresalto siempre de que aquello me engarrotara cuando mejor sentía mis cosas.


El miedo es cosa terrible, compadre. Y peor todavía es el miedo de tenerlo. Imagínate, tener miedo del miedo. Hasta parece albur, pero es la verdad de lo que me ocurría.


Yo tuve siempre miedo de tenerlo. Y tuve también miedo puro sin complicaciones. Un miedo tan espantoso que muchas veces me obligaba a buscar la cornada para olvidarlo en los vapores de la anestesia. A veces la muerte misma hubiera sido un alivio.


Entre miedo y miedo la fui jalando, hasta la despedida. Y aquí me tienes hoy, tan ignorante del campo como del toro, pero dueño ya de mis nervios, sin el presentimiento cobarde de la cogida, sin otro miedo que no sea de que se me muera un puerquito o se me hiele la milpa.


Espero que estés satisfecho, compadre, con la confesión de tu amigo que te desea incontables faenas al frente de tu revista. Pero sin miedo.


Por: Silverio Pérez, en Siempre!, número 105, 29 de junio de 1955
Para saber más sobre Silverio www.silverioperez.mx

12 nov 2011

El temple (por Gregorio Corrochano)


El temple pone de acuerdo al movimiento del toro que embiste y el movimiento del hombre que torea. Se templa el instinto con el instinto; para torear hace falta temple. Temple en capote y muleta que se lleva al toro; temple en el brazo que torea; temple en el hombre que torea con el brazo; para torear hace falta ser muy templador. Acaso el temple no esté bien definido y pueda confundirse con la lentitud.

El temple depende del toro, como todo lo que se hace en el toreo. Si no van de acuerdo el movimiento del toro y la mano del torero, no hay temple, aunque haya lentitud.  Tanto se falsea el temple por torear rápido como por torear lento. Si se torea con rapidez, si se lleva el instrumento de toreo a más velocidad del temple del toro, éste puede perder o variar el objeto de su codicia, modificar la cometida, destormarse si iba toreado, y hasta rematar en el bulto. Lo menos que puede acontecer es que la suerte se malogre, no se remate y, por tanto, no se ligue el toreo. Si se torea con lentitud, si se lleva el instrumento de toreo a menos velocidad del temple del toro, éste derrota don de alcance el capote o la muleta, y allí termina la suerte, que no es donde debe terminar.

Para torear hay que citar en su sitio- la codicia con la distancia, y acompasar el movimiento –acompañar- a la bravura y a los pies del toro, conservando las distancia para que no enganche. Ni con más rapidez ni con más lentitud: con temple. Que una vez podrá parecer rápido si es rápido el toro; y otra vez parecerá lento si el toro es lento, sin codicia, sin poder y sin ganas de pelea. Esto es el temple en el toreo.

Decíamos días pasados de la necesidad, la eficacia y el mérito de ligar las faenas, los pase de una faena. Para conseguirlo hay que torear con temple. La mayor parte de los enganchones y los desarmes son debidos a que por falta de temple, el toro derrota antes de terminar la suerte. Cuando la suerte no carga y se remata en su sitio, es inevitable que el torero se enmiende, y al enmendarse, los pases sueltos, no se ligan,
porque cada pase es el comienzo de una faena que no se sigue, que se interrumpe, porque como no se lleva al toro toreado hasta donde debe ir, no derrota donde debe derrotar, y la faena se corta. Esas salidas
jactanciosas de la cara del toro, mirando al tendido, son enmiendas para irse del toro, donde no se estaba muy tranquilo, y que el público aplaude porque hemos quedado en que le gustan mucho los retales. En el toreo como en el comercio se hacen verdaderas reputaciones y fortunas con los saldos. Además de todo lo apuntado, son causas de faenas atropelladas los defectos del temple. Cuando el torero es toreado por el toro, cuando no se acoplan, cuando no se entienden, es que tienen temple distinto. No desconocemos que hay toros difíciles de temple. Pero todo depende del temple del torero y del temple del hombre. Si queremos buscar un ejemplo que aclare las definiciones y conceptos tenemos que recurrir a Juan Belmonte. Toro el toreo de Belmonte está tejido con temple. No es que Belmonte inventara el temple (no habíamos llegado a la época de los inventos), es que lo practicó y prodigio con tantos toros, de una manera tan visible, que hizo posible hacer pasar toros que a otros no pasaban.  Esto fue lo revolucionario de su toreo; el temple. Nada más. Pero éste nada más encierra mucho temple en la mano, mucho temple en el ánimo. Apuntarlo, toreros.

Todos los toros, por mansos que sean, ponen un empuje, una fuerza inicial en la arrancada. Aún por instinto, por defenderse, por quitarse el trapo con que le hostigan, todos los toros embisten algo. Lo difícil es
aprovechar “ese algo”, esa pequeña cantidad de esfuerzo para dar el pase. La mayor parte de los toros que no pasan es porque en su débil acometida por falta de bravura o por falta de poder pierden el objeto por
la violencia con que el lidiador les separa capote o muleta. Belmonte, con su temple, es el que evitó decir más veces a los críticos de su época: “el toro se queda y no pasa”. En si pasaba o no pasaba el toro se fijaban mucho aquellos críticos, porque esto es más importante que la inspiración.  Aun en el toro que pasa hay matices. Toros que pasan con facilidad y toros que pasan obligados. Este toreo tiene más calidad, y más técnica, y más riesgo. No es lo mismo “pasar”, que “obligar a pasar”, que “ver pasar”. En lo primero hay imperativo, mando, que no debe confundirse con el contemplativo “ver pasar”, aunque acuse  tranquilidad.

El toreo tiene una finalidad y no nos cansaremos de repetirlo: dominar al toro, y al toro no se le domina nada más que cuando la muleta tiene el mando de la mano del torero. Con la muleta bien mandada se torea tan limpiamente que el toro va por donde quiere el torero. (Hago excepción del toro de sentido, que modifica la arrancada y sorprende. Pero si se ha visto el toro, debe estar prevenido y no hay excepción). Esos toros que después de muchos pases, algunos muy aplaudidos, llegan “crudos” al momento de la estocada, sin dominar, son los toros que no se han toreado bien, que no se les ha hecho faena, a pesar de los muchos pases, porque el matador, más atento a buscar oportunidad a la monserga de su invención, ha descuidado todas las normas del toreo y ni ha mandado, ni ha templado, ni ha ligado; con lo que queda dicho que no ha toreado. Advierto que no rechazo los adornos, la gracia espontánea de los adornos, con que se resuelve un movimiento inesperado del toro, porque esto es adorno de visión torera, recursos de buen gusto. Lo que rechazo es el adorno reiterado, insistente, porfiador, premeditado, como base y norma del toreo, que ya deja de ser adorno para ser un estilo de dudoso gusto.
Ya tenemos al toro igualado en el sitio donde “tiene la muerte”. Ahora me doy cuenta de que como he puesto mi afición al día, tengo el estoque de madera. Voy a por el otro. Hagan ustedes y el toro el favor de esperar. No voy nada más que hasta la barrera. Vuelvo enseguida.

Gregorio Corrochano.
Publicado en ABC, 6 de julio de 1954

10 nov 2011

El último aliento de Dionisos

La corrida nos recuerda que la vida no es más que un punto de fuga hacia la nada, una mera oportunidad que se esfuma entre dos eternidades. La tauromaquia no representa la vida, es la vida, con su azar, con su tragedia, con su muerte... y con su felicidad. La tauromaquia celebra la vida porque es la vida misma lo que en ella ocurre, y al celebrarla, nos llena de felicidad, es decir, de belleza dionisíaca. No de belleza apolínea, observable, representable, sino de la belleza del dios Dionisos, aquella que embriaga al espectador hasta convertirlo en el propio artista, aquella en la que el hombre se siente pleno de poder y de belleza, es decir, de felicidad, porque siente satisfechos sus instintos, sus necesidades. Y ahora no me estoy refiriendo al instinto de comer.
Ahora me estoy refiriendo al instinto de jugar. De jugar en este caso con la muerte, de ponerse en peligro ya sea en primera o en tercera persona) para ocupar por un momento la línea abismal que separa la vida de la muerte, y que por ello vuelve a la primera más intensa que nunca. Sólo cuando tenemos certeza de la muerte podemos aspirar realmente a disfrutar con hecho de estar vivos, sólo ante el sinsentido de la muerte podemos entender y disfrutar la ausencia de sentido de la vida. El toreo es un arte dionisíaco, que nace instintivamente, como una pulsión muscular y vital irrenunciable, que celebra en cada lance el nacimiento de una tragedia, y que evoca a cada instante el final del Universo. Un arte con mayúsculas que se ha ido desarrollando a lo largo de los siglos en diversos y muy lejanos lugares del planeta, que cobija una complejidad y diversidad de estilos que lo colocan a la altura de cualquier actividad artística humana, la más hermosa, difícil y grandiosa de todas las bellas artes de las que tenemos conocimiento. También por todo esto siguen muriendo los toros. Porque la Tauromaquia es, a día de hoy, una de las escasas oportunidades que le quedan al hombre actual de recordarse a sí mismo, el último aliento de ionisos, una de las últimas tragedias en las que el ser humano comprende el sentido de la vida después de haber observado y comprendido el verdadero sentido de la muerte".

Fernando Sánchez vindel. La tauromaquia.


Visto en http://www.cormacarena.com.co/new/documentos/en_defensa/ultimoaliento.pdf